Teaser de "LOS VAMPIROS SUEÑAN"

 


Hay un reto en Instagram: coges una frase de X páginas de tu novela y las subes a un posts. A veces son según los colores del arcoíris, así que sacas una frase de un libro rojo, azul, morado, verde... En este caso he decidido usar mi novela "LOS VAMPIROS SUEÑAN" para crear un relato inédito y que NO está en la novela, para que veáis de qué trata y cómo está plasmada la historia.

TEASER EXCLUSIVO de mi nueva novela "LOS VAMPIROS SUEÑAN".

 Este extracto NO está en la novela, pero os da una idea de lo que trata el libro.

 

Teaser

Me levanté y fui al baño aterrorizado. No tenía sentido lo que acababa de ver, entre las sábanas de mi cama un pulpo cubría la desnudez de Matías como si fuera lencería. Las curvas de su cintura todavía se podían entrever entre aquellos tentáculos rojos. Me lavé la cara para intentar serenarme, debía estar soñando, pero fue tan real que tuve que marcharme de allí, como quien cree que puede escapar de un fantasma solo por cerrar la puerta. No, a veces pasa eso. Te levantas todavía entre la vigilia y los sueños, ves cosas que no son reales aunque lo parezcan. El cerebro es muy listo para unas y un auténtico inútil para otras, no sabe distinguir una cosa de la otra. Respiraba con dificultad, salté tan rápido de la cama que parecía que la colcha quemase. Me había mareado un poco. Me senté en la taza del wáter. Debía serenarme, volver. Y entonces caí en al cuenta. ¿Qué hacía Matías en mi cama? Traté de recordar, salimos de fiesta por el carmen, bebimos y... El parque del osito, el paseo por el río, un borrón del tamaño de Europa en mi memoria con la sonrisa de Matías de fondo como única constante. No, no podía haber pasado nada.

 ¿No podía? En los retazos de mi despertar saboreaba el sueño que acababa de tener, me acostaba con Matías. Aquello bien podía haber sucedido de verdad y a mi mente todavía borracha no le daba la gana separarlo. O más bien quería negarlo por mi bien estar. Jamás tuve relación alguna con un tío, pero con mi mejor amigo menos. ¿Qué pintaba yo con Matías? Nos conocíamos desde la universidad, me parecieron años sentado en la taza del wáter, me sentí hasta viejo. Salí del baño para volver a mi habitación, tenía que echarle narices al asunto o jamás regresaría. ¿Qué temía? ¿Qué el pulpo siguiera allí? No seríamos los primeros borrachos en traernos un animal de zoo a la parranda. Nunca nos pasó a nosotros, eso sí. ¿Por qué era tan difícil recordar? Caminé por el pasillo, estaba oscuro, ya me había acostumbrado a la luz del baño y en aquel momento tanteé las paredes para no perderme y chocarme contra algo. Sorteé el pequeño pilar decorativo de la esquina, la puerta de mi dormitorio estaba entreabierta. Solo se veían los pies de Matías tendidos. ¿Entraría? No, esa no era la pregunta. Porque mi mente lo sabía bien, la pregunta era si me había acostado con Matías. Si degollaría a aquel pulpo como ofrenda para llenar la cama de sangre y a tomar por culo todo. A tomar por culo Serina.

Es metafórico, lo que importa es la decisión. La elección que tanto temo me lleve a un paraíso incorrecto, a un jardín que aunque sea hermoso no me corresponda. Porque me da tanto miedo desperdiciar cada plato que se me presenta, ¿cómo sabré que no me gusta si no me lo como? ¿Cómo puedo saber qué camino debo escoger en la vida? ¿Cómo saber si amo de verdad a Serina si jamás me he sincerado con ella o si, por el contrario, realmente he estado pillado de mi mejor amigo Matías todos estos años? Sería una razón demasiado cómoda para mi cobardía. No, Serina, no te dije que me gustabas no porque sea un gilipollas patético, es porque me gusta Matías. Su pelo rubio, sus ojos brillantes, su capacidad para hacerme sonreír en cualquier situación posible, y su cuerpo desnudo en mla cama. No, demasiado conveniente, ¿cómo no iba a saber que me gustaba Matías? ¿Me gustaban los hombres? Mientras estiraba la mano para empujar levemente la puerta me planteaba estos escenarios, otra vez la cobardía. Le di un golpe a la puerta y se abrió, por suerte no chocó contra la pared para despertar al bello durmiente. El pulpo ya no estaba, en su lugar tenía una sudadera de rosa pastel, tenía decorados brillantes como un mar de purpurina. Debió ser eso lo que se me confundió en la vigilia, me sentí estúpido. Avancé hasta Matías, él, sin duda alguna ya para mis ojos completamente funcionales, estaba desnudo. Le toqué la espalda, experimenté algo raro al hacerlo. Como si aquello que tocaba no fuera una persona de carne y hueso, la sensación fue tan extraña que me aparté un poco de él. Una sustancia pegajosa se me quedó en las manos. Le arranqué la sudadera pastel del cuerpo, su culo firme se mostró ante mí. Y allí, goteando de su nalga derecha, tinta negra. Como la de un pulpo.

Miré a mi alrededor buscando al culpable, el pulpo debía ser real por narices. Tenía que haberse escondido. Busqué debajo de la cama, en el armario, por los huecos del escritorio. Nada. No era posible, pero qué otra opción me quedaba que pensar que el pulpo no me lo imaginé. Si el líquido no fuera negro, otro gallo cantaría. Me sentí algo despreciable al imaginar a Matías de esa forma, pero me gustaba. ¿Por qué me gustaba tanto imaginar que aquella tinta sería blanca y no negra? Y que estaría exhausto, que no despertaría hasta la mañana. Pensé en Serina, tenía que mantenerla fuerte en mi cabeza para que no se me deshiciera como un helado al sol del verano. ¿No quería encontrarla? Ella estaba perdida y yo pensando en follar con mi mejor amigo. Sin darme cuenta mi mano volvió a la espalda de Matías, bajó lentamente hasta su trasero. La mano se me manchó de tinta. Aquel pulpo, como un huracán que destruye mi corazón dejándolo todo en un caos absoluto. Apreté la nalga, mi pene se puso erecto de inmediato. Me agaché hacia su trasero y posé mis labios sobre la tinta. Un beso. Al relamerme los labios asentí. Era tinta como la que se usa en el arroz negro.

Me tumbé a su lado. Ya ni me esforzaba en pensar en Serina, se desvanecía a cada segundo. No es que no me importara que estuviera perdida, el que estaba perdido era yo. Porque mirar el rostro de Matías dormido era tan relajante, como un poema cantado en silencio. Porque Matías ya no era parte del mundo, sino parte de mí. La única persona que podía mirar la oscuridad de mi reflejo y seguir conmigo, a mi lado, después de tantos años. Ni Serina conocía esa parte tan penosa de mi interior. Quizá era eso, esa cercanía la que me incitaba a arrimarme a Matías, y la soledad, porque desde que Serina no estaba en mi vida me sentía muy solo. Es increíble como muchas veces no sabemos qué queremos, ni que sentimos, a veces incluso tampoco sabemos qué estamos pensando, ¿no os ha pasado que se os difuminan los pensamientos entre las capas de la realidad y olvidáis lo que teníais en mente? Me ha pasado tanto que se me escurra de entre los dedos una visión interesante en mi cabeza. Pero ese no era el tema, el tema era la decisión, que tanto estaba posponiendo, y encontrar al pulpo. No importaba cómo nos lo hubieramos traído, encontrado o robado, debía salir del piso de Matías.

Decidir es complicado, me parece que cuánto más simple parece la cuestión más difícil se pone la cosa. Es como una carrera a pie por la arena. Es imposible ir a una velocidad decente y muchas veces te tropiezas, se te hunden los pies. Cada vez que se te hunden, es una duda, una reflexión que te dice, ¿realmente quieres meterte en ese agua sucia? Ahí la gente mea. Hay medusas o se te cortan los labios, vámonos a la piscina, ¿no? ¿Por qué nunca estamos satisfechos con nada? ¿Por qué nos entra la cobardía tan rápido ante una encrucijada?

No podía dejar al pulpo a su suerte, sin embargo terminé cansándome. Miré en tantos sitios que simplemente cerré la puerta y coloqué la silla de escritorio delante de la misma para que el pulpo no la abriera. Os parecerá una estupidez hacer esto, infravaloráis la inteligencia de un pulpo. Son listos de la hostia. No creo que un pulpo nos ataque, pero prefiero no arriesgarme a ello. Me tumbé sobre la cama cansado, no de hacer ni de moverme, sino de pensar tanto. Siempre me canso de pensar, soy un poco idiota. Es como si mi cerebro fuera un ordenador de los noventa con el Windows 95 puesto, se atasca demasiado. Mis ojos se fueron cerrando con la imagen de Matías desnudo a mi lado, creo que durante la noche me quedé abrazo a él.


Era de día. De nuevo un amanecer. No me habían despertado los rayos atravesando las persianas, era Matías tirándose de la cama al suelo, le vi sujetarse en la mesita de noche y mirarme con una sonrisa invadida por la resaca. ¿No se daba cuenta de que estaba desnudo? Intenté no mirar mientras se dirigía a su armario, la mancha de tinta ya no estaba en su culo, sino en las sábanas y en parte de mis calzoncillos. Temí el enfrentarme a explicarle aquello. Matías se puso una camiseta ancha, larga hasta sus rodillas, en su centro había un dragón entre la tela gris. Me lanzó otra del mismo tamaño, a mí me estaría un poco grande, no tanto como a él. Incluso sacándole yo una cabeza, sentía que él era siempre el que controlaba las situaciones. La altura no lo es todo, por lo que se ve, se necesita confianza y labia. Sobre todo labia.

—Oye, ¿anoche robamos un pulpo? —Le pregunté. Matías primero me dirigió una mirada confusa, para luego reírse.

—¿Qué dices? No, yo creo que no —sonrió. Una sonrisa dulce.

—¿Y esa mancha de tinta? Vamos, que anoche creo que me levanté y vi... Un pulpo —señalé la cama. Matías se acercó a las sábanas y las acarició. La tinta estaba seca. Yo sudaba, no por el calor, sino por los nervios que me subían las piernas. ¿No pensaba ponerse un pantalón o algo?

—Pues dime tú que es, porque creo que es culpa tuya —Matías guardó entre sus labios una sonrisa traviesa, señaló mi bóxer—. ¿Por eso me he levantado desnudo esta mañana?

No supe qué contestar, él parecía estar divirtiéndose pero yo no. No demasiado. Al sentarse en la cama, a Matías se le subió la camiseta, nuevamente podía ver demasiado. Noté que algo en mi interior se despertaba y no podía evitarlo. Matías alargó su brazo para tocar mi barba, era escasa pero comparado con él, abundante. Comenzó a rascarla mientras seguía subiendo su camiseta. Mi corazón se me iba a salir del pecho. Escuchaba mis latidos en mi cerebro, pum, pum, mientras la serpiente se acercaba.




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