Joel Guerrero

Escritor de "Génesis de lo Oculto" - Belleza de lo grotesco.


GÉNESIS DE LO OCULTO

de Joel Guerrero

julio 20, 2020

El Último Poema



Los velos me cubren los ojos, mentir
En mis sueños tú todavía estás.
Los espectros me hacen vuida negra
Y el demonio me convierte en su alto rey.

¿Por qué tú también eres invisible?
Si yo sé bien que estás al otro lado.
¿Por qué te veo como un doble malvado?
Y sin más, dejo de caminar, salto.

Si transporto nuestro tiempo a tu antes
Se rompería el universo su ley.
He estado esperando tan pozo seco,
¿Para qué? Para formular al tiempo:
¿Por qué?
Aún no.

Si debo fiar de mí para ganar,
Sacrifico a la reina y soy un peon
Pero de ti aprendí la bondad, a dar.
De Satán a reclamar el trono a Dios.

Quizá no es tarde, ¿o se fue el agua, vacío?
Unas me ahogo, otras desierto en alma.
Tan fácil desprecio, dificíl piedad
Quiero ser el cambio y seguir tu huella.


No es importante el tener, sino el querer.
Las pequeñas cosas son felicidad.
Porque ellos, a donde vayas, siempre irán.
Las grandes cosas me diste a conocer.


Hace ya que se congeló el infierno,
El cielo ardió en llamas.
Yo sigo preguntando aquí en mi pozo:
¿Por qué?
Y aún,
Lo sé,
No quiero respuesta.

mayo 03, 2020

Casi Humano



Es verano. El sol golpea tu rostro a través de la ventana. Está ligeramente entreabierta, las cortinas ondean por el viento y esa brisa te devuelve un poco a la vida. Miras al horizonte, el brillo de la mañana te ciega. Cierras los ojos y vuelves a beber un poco de tu taza. Allí está lo que sueles beber cada mañana, lo que tomas cuando tienes una noche de insomnio. Una de tantas. Ya no recuerdas cuando fue la última vez que dormiste a pierna suelta o cuando fue aquel tiempo en el que no te dolía la espalda. Cuando no te dolía nada. Tus pensamientos eran limpios y sencillos, suaves como una caricia, no había nada que te mantuviera despierto salvo una pequeña histeria infantil, una emoción de jugar al día siguiente, de ver algún capítulo de tu serie favorita. Pero nada más, todo lo demás era muy fácil. ¿Y ahora, dónde quedó el ahora? Siempre piensas en lo que viene, en el futuro intangible.

abril 06, 2020

El Diablo de la Misericordia



Las sábanas están torcidas, como las nubes de esta mañana, caen oblicuas al suelo como una manada de espadas. El aire del campo golpea con su perfume natural en mis fosas nasales nada más cruzo la puerta trasera. No se ve nada desde mi hogar, tan solo los campos labrados, el jardín con hortalizas, los manzanos y naranjos. Ya llega la primavera, se nota en los frutos rebosantes de brillo. Y esa misma mañana tengo un encargo especial. Un gato blanco moteado.

Entro en el interior del caserón, es algo antiguo pero lo mantengo limpio. El salón y la casa entera están manchados de tonalidades tierra mezclados con el ambar. Se siente la calidez de la chimenea aunque no esté encendida. Los sofás de estampados hace tiempo que están abandonados. La casa está desangelada desde hace meses, siento como si hubiera pasado años confinado en esa soledad. Aislado de todo lo que rodean los árboles, los bosques y las carreteras de tierra sin asfalto. Como si aquel lugar fuera una isla independiente, ajena al planeta tierra, suspendida en el universo. A veces creo que me acostumbro, pero un nuevo sentimiento crece en mi interior como una enredadera y rodea mi esqueleto. Ya forma parte de mí esa melancolía de mirar al cielo y recordar lo que dejé atrás, en el otro mundo. En el mundo de los vivos.

Voy al dormitorio, las sábanas están revueltas como cada mañana. Cada noche alguien se posa sobre mi pecho y las revuelve con sus manos puntiagudas, como si obrara una masacre. Sudo entre pesadillas insoportables, pero al abrir los ojos con el canto de los pájaros sobrevolando mi tejado no recuerdo nada. Incluso temo hacer la cama, creo que al tocarla algo de aquella maldición, de esa oscuridad onírica, se me pegará en la vigilia. Simplemente la dejo como está, en ese estado descuartizado. Como si fuera un cadáver sin sangre. La miro pensando que aquella mañana podría hacerla y terminar con todo, dejar de soñar con aquella realidad que no deseo mirar, que quiero borrar con todas mis ganas. Pero no puedo. Me faltan agallas.

Me gustaría, de verdad, hacerme amigo de ellos. De esos pequeños gatos que cazo bajo demanda. Me gustaría adoptarlos, cuidarlos, reconducirlos en la vida, curar sus heridas. Algunos gatos no tienen un ojo, tienen la panza descarnada o la cola cortada, una pata mordida por algún perro, todos vienen así. Desnutridos, abandonados, olvidados, como yo. Y sin embargo, tengo que hacer el trabajo para el que he nacido. Y cada persona que se presenta en mi villa me dice lo mismo: quiero un gato callejero, jovencito, que tenga el corazón prieto. Todos coinciden en esas palabras, discrepan siempre en el color. Y yo tengo que hacerlo, pues las sombras de mis clientes son exigentes y sé que ocurrirá si dejo de cumplir sus mandatos. A veces me entran ganas de cortar esta soga de mis tobillos, pero prefiero seguir mi sacrificio. Cortaré poco a poco parcelas de mi piel hasta que no queden sombras de clientes, hasta que nadie me pida cadáveres de gatos.

"Recuerda, lo quiero blanco, hay uno con manchas negras. Está por la zona del barranco. Lo quiero", dijo el cliente. Su sombra sonrió y se quebró el espacio de sus nebulosas negras.

"Entiendo.", dije yo. "¿Cuándo lo quieres? El trabajo rápido cuesta extra. Lo recogerás aquí".

"Me da igual cuanto tardes... pero si puede ser tenerlo en una semana..." el cliente se rascó la barba con destellos blancos, evitó mirarme a los ojos y desvió su mirada al cuenco de caramelos caoba. El ambiente de mi salón normalmente les atrapa hasta despejar sus miedos, se acomodan en el sofá o en la mecedora. Es un aura que te acoge y abraza, se esfuman tus pensamientos y solo escuchas el crepitar de la madera, presa del fuego, pero él no pudo. "Oye, me han dicho que usted es un profesional... no deja pistas. Infalible, pero necesito extrema cautela. Este gato es importante, no es un gato cualquiera. Viene de buena casa, se pierde de vez en cuando los fines de semana... así la vi. Dulce gatita. No quiero que nadie sepa...".

"Tranquilo. Nadie sabrá nada de usted. Ingresará el dinero en una cuenta francesa, desde allí lo enviarán a Holanda, y de allí a España. Todas son mis cuentas. No habrá manera de que sepan que su dinero llegó a mí. No habrá más contacto después de esta charla hasta el día de la recogida. Y después, hará como que no me conoce. Para siempre. Ya sabe.".

"Sí", siguió él. "Un pedido por vida".


Las tareas de la villa hoy tendrán que esperar. Debo recuperar tiempo. Llevo unos días siguiéndola, toca atraparla. Atrapar gatos me es demasiado fácil, confían en mí por alguna razón extraña. Siempre he pensado que tengo un don con los animales, pero todavía más con los gatos. Se acercan a mí, comen de mi mano, me permiten que les acaricie la barriga. Suelen darme pena cuando me cuentan sus historias, a través de su pelaje enmarañado, sucio de revolcarse en la calle, su historia de abandono y desamor, de dueños que no aman, de la búsqueda de una libertad asfixiante que mata. Y allí me identifico con ellos, en sus cuellos rasgados por garras, en sus patas negras, en sus ojos vidriosos. Salgo por la puerta vestido, decido ponerme una sudadera roja de Munich, un souvenir de Alemania. Unos pantalones vaqueros negros y unas botas negras. Por si llueve, suele llover cuando salgo de caza.

Entonces dejo mi caserón en medio de la nada, vuelvo al mundo de los vivos, la ciudad. El bullicio y la sociedad embriagada. El gentío me rodea, a veces me detectan como extraño, pero casi siempre paso desapercibido. Nadie sabe que ocurre en mi villa. Nadie sabe que cazo gatos. Voy directo al barranco, el río hace años que no lleva agua. La basura se acumula en su interior, con los hierbajos creciendo con plena libertad. Recorro el camino sin prisa, observando a los que pasean a sus perros aquella mañana.  Golpeo una lata al pasar por debajo de otro puente, la estación de tren está cerca. Sigo mi camino. Un maullido atrae mi atención. Allí, tras los matorrales verdes del sube y baja, una gatita blanca moteada asoma su hocico. A estas horas los gatos buenos deberían estar en casa, los niños en la escuela, los adultos trabajando, pero ella está fuera. Por eso, precisamente, puedo capturarlas. Porque nunca están donde deberían estar.

Siente curiosidad por mí, no sé si es mi sonrisa y mi habilidad por fingir esta careta que llaman rostro humano de misericordia. Otro maullido. Está desesperada por buscar el camino a casa, pero no a la casa con sus dueños, sino su propio hogar, su propia alma. ¿Por qué siempre encuentro corazones rotos? Me paralizo justo en el último momento, cuando ya puedo acariciarla y rodea mis piernas. ¿Debería hacerlo? Y la inercia se apodera de mis brazos. Ya es mía.



La cocina está llena de sangre. La encimera sostiene el cadáver putrefacto de un gato naranja de hace dos semanas, dentro de un tupper hay un corazón podrido en un mar de vísceras. Alguien lo podría confundir con ternera y carne picada. Mi albornoz transparente evita que se me manche la piel, bajo este no llevo nada. Me gusta sentir que las gotas cobrizas podrían teñirme, más todavía que esta sensación de violencia que destruye mi espíritu. Me acerco a la máquina de coser portátil que está sobre la mesa de la cocina, algo pequeña y anticuada. Los estantes son de madera verde, la pared blanca tiene una cenefa de frutas bailarinas. Allí, la piel del gato blanco moteado está cortada, cosida y preparada. La máquina de coser también está repleta de rojo. Ahora solo tengo que reconstruirla. Los órganos están en la nevera, dentro de tarros herméticos. Ahora tengo que volver a llenar su interior, de dentro hacia fuera, como un dios no tan mezquino como el que nos gobierna. Doy una segunda oportunidad a una pequeña. Las suelo llenar de serrín, hago que parezca que están rollizas, como si estuvieran vivas. Si les aprietas el vientre se siente blandito. A mis clientes les gusta. El esqueleto sirve para sostener la estructura. La cabeza está intacta con sus ojos y su lengua, lo vuelvo a coser a su piel y, poco a poco, le doy forma la muñeca que pronto cobrará vida. Cuando termino, le acaricio la cabecita. No ronronea, pero me lo imagino. La gatita está más hermosa que nunca.



Abro la nevera, en uno de los compartimentos hay agua. Hoy solo hay un gato ahogado. Algunos de mis clientes tienen peticiones extrañas, y a mí me gusta experimentar. Este todavía debe estar ahí otra semana más. Ya lleva cuatro. Cojo los botes con los órganos de la gatita y los meto en su caja. Una caja de embalaje cualquiera que me vino de Amazon, suelo pedir paquetes grandes para tener cajas de sobra. Cierro la caja con cinta de carrocero, dentro he puesto paja para que no se mueva la muñeca. Es perfecta, probablemente la mejor que he hecho este mes. Este pedido me ha tomado todo el día, pero lo he terminado antes de tiempo. Me gusta imaginar sus caras, aunque una vez que las ven me miran extraño, como si fuera un monstruo. ¿No eres tú, cliente, el que me ha pedido que la despedazara y te la preparara? No tengo que preocuparme sobre un segundo pedido, una vez se van no vuelven nunca.


Yo, sin embargo, seguiré coleccionando gatos. Siempre que ellos, mis espectros, sigan viniendo a mi puerta y mis sábanas estén descompuestas.

marzo 30, 2020

Retos de cuarentena: La Botella de Agua



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La Botella de Agua

Estamos sentados en el sofá, las calles vacías son solo el comienzo de esta quincena terrible. La MTV suena frente a nuestros rostros impasibles. La gentuza se pavonea en la pantalla con sus músculos, los gritos irascibles y las huidas dramáticas. Un espectáculo que Gabriel no quiere perderse, pero del cual yo he quedado prendado sin darme cuenta. Y es que, ¿hay algo más que hacer? Y se me ocurren mil cosas pero nada llama a las ganas mermadas de mi cuerpo. Es un hastío que recorre mi cuerpo y esa para mí es la verdadera pandemia.

Estamos comiendo chocolate, cada uno tres onzas, una fila entera. Gabriel mastica, rompe el chocolate y suena en la sala de estar. El sabor llena mi boca. Podría pasarme los días comiendo chocolate, cierro los ojos. Todo está en calma, no se escucha nada en el pueblo. El cielo está oscureciendo, llega la noche. Crack. De repente, un crujido de la botella de agua nos desvela de aquel dulce sueño con leche.

Miro el objeto, no se ha movido de su sitio. Estaba absorto, pero Gabriel lo ha visto. Su rostro muestra un pavor que no había visto antes. Sus extremidades están paralizadas. Cuando intenta hablar le tiemblan los labios. Crack. Otro crujido y yo estaba mirándole. Gabriel da un salto y se hunde en el respaldo del sofá. La botella tiene el centro aplastado, como si una mano la hubiera agarrado con fuerza. Acaricio la rodilla de Gabriel tratando de calmarle, es solo una botella. No es la primera vez que me pasa, pero cuando menos lo espero la tapa sale disparada hacia el techo. El sonido de un escopetazo llena la habitación. Se asemejó a un disparo.

Sobresaltados escapamos del sofá. El techo estaba agujereado. La tapa cayó al suelo partida en dos mitades. Gabriel ya rodeaba la mesa de los comensales, las sillas todavía estaban sobre la mesa de madera tras la limpieza. La botella de agua se remueve en su sitio y, todavía con el centro aplastado, levita por encima de la mesa de café. Sigo a Gabriel y le cojo de la mano. Nos abrazamos ante la visión de algo increíble. La botella gira sobre sí misma y el agua rocía toda la sala de estar. Lo que debía ser agua indefensa nos ciega los ojos. Nuestros gritos, mis manos sobre el sofá. Siento que Gabriel se aleja y choca contra el tendedero lleno de ropa. Un par de prendas gordas caen al suelo, pero no veo nada. Levanto la vista y siento que tras aquella botella hay algo más. Una sombra blanca y translúcida la está sujetando. Mi rostro confuso intenta enfocar la imagen, pero no puede.

Ya no escucho a Gabriel, me centro en lo que estoy viendo. La sombra translúcida comienza a opacarse, su piel es de un ocre extraño. Tiene tres dedos y piernas de saltamontes, el rostro insectoide me mira y siento que me estalla la cabeza. Me duele la frente como si vertieran lava en mis sesos. La bestia, que todavía no es completamente visible, se lanza contra mí. Siento una de sus patas agarrándome el cuello. La bestia se echa el resto del agua de la botella sobre su cuerpo. Cierra los ojos de mosca que tiene y creo reconocer una maquiavélica sonrisa.

—El agua es nuestra.

Un cuchillo cae en su tráquea. Gabriel aparece armado y la sangre verde comienza a brotar del insecto gigante. Él también puede verlo. Nada más extrae el cuchillo, el ser se desvanece como si fuera una ilusión mágica. Gabriel y yo nos abrazamos, pero me mira sorprendido. La preocupación hace que se le caiga la mandíbula, sus ojos expresan un dolor que no reconozco.

—¡Tú cuello!

Me lo toca. Está marcado con tres puntos que supuran algo, pero no es sangre. Os cuento esto desde el hospital, donde todavía no saben lo que tengo. Dicen que se llama Coronavirus, pero yo no les creo. Gabriel también está infectado. Dicen que no tiene cura, pero él se recupera. Los agujeros de mi cuello no se cierran. Toso sangre, pero yo no la veo roja. Es una sangre verde y asquerosa, como flemas pegajosas. Y los doctores creen que me está afectando a la mente.

Lo noto, dentro de mí. Es una crisálida. Me miro las manos. En mis brazos comienzan a surgir escamas. ¿Son escamas? Toso otra vez. Se cierra mi garganta.

marzo 23, 2020

Retos de Cuarentena: El Gato Abandonado



En Twitter una maravillosa cuenta (MÓNIKA FEREN) ha creado unos retos de escritura para que no nos aburramos en estos días confinados. Este es el enlace al twit y este es el enlace a la cuenta. ¡Disfrutad!

1. Perspectiva de un animal

"El gato Abandonado"


La calle está vacía, en el parking hay coches pero hace dos días que nadie aparece para dejarme comida. Ando rumbo hacia la plaza, el pavimento esta mojado. Anoche tuve que esconderme en una casa abandonada. El olor no es agradable, los trastos aplastaron a un viejo amigo hace dos lunas, pero no hay otro sitio a donde ir.

La plaza es un desierto, las bolsas de plástico vuelan por el aire, gotas vergonzosas caen sobre mi pelo. Hoy también lloverá y nadie vendrá a ayudarme. Mi estómago no está lleno desde hace meses. Me pregunto si se han olvidado de mi o si, como decía el resto, no les importamos.

Recuerdo cuando me echaron de la colonia. Parece que fue ayer cuando me llamaban hermano, pero quizá si, peque de avaricia. No quería compartir las ganancias con ellos, pero e que yo era el más reconocido del barrio. El más querido. Pero, debo admitir, siempre fui el mejor vestido. Me arrimaba a la gente con una sonrisa cercana y no con ojos desconfiados, huidas y gritos aterrorizados. Tienes que arriesgar tu corazón para obtener buenos amigos de vida. Y yo me he arriesgado y he perdido.

Yo siempre defendí a los humanos. Me he topado con gente bondadosa, humanos que acarician tu lomo y te miran con ojos de compasión. Nunca me ha faltado de nada, he sido el más afortunado del barrio gracias a ellos. Me han cuidado mucho, pero ahora nadie se acuerda. Solo soy un gato negro de piel quemada. Ya no tengo belleza ni juventud. ¿Dónde estáis todos?

El quejido de mi lamento resuena en toda la plaza. Ya no hay nadie que siquiera lance sus cubos de agua a mis orejas. No hay patadas ni cuencos. Hay algo peor que ser odiado, es ser olvidado.

marzo 09, 2020

Cáscara Rota


Isabel mira a través de la ventana, suspira. Quiere huir de esa cárcel llamada hogar. ¿Por qué no le aceptan? Ya no me quieren, piensa. Se siente sola, vacía, como una estrella perdida. Gritos, portazos. Isabel responde con lágrimas. Ira. Una bofetada y la mejilla roja.

Isabel mira a través de la ventana, suspira. La habitación del motel huele terrible. Está sola. Se siente presa, pero de su libertad infinita.

febrero 17, 2020

Aurora Roja



—Tenemos que escapar de aquí —fumó de su cigarrillo. Miró por la ventana, le temblaba la mano. No dirigía sus ojos a Lucas, solo observaba al caudillo nazi preparar a sus tropas. Soltó el humo, selló sus labios con fuerza—. Estamos muertos, judío.
—Quién hubiera dicho que los nazis vencerían al frente ruso... Nadie lo había logrado. Vamos, Hel, los aliados todavía guardan esperanzas —Lucas estaba sentado en su litera, la más alta. Bajo esta, dos literas más aguardaban. Los barracones estaban repletos de voces y barullo. Gentío y sudor. Hel era un joven, rozaba la treintena. Lucas, sin embargo, era casi un anciano para aquel lugar. treinta y nueve años. Para ambos, sin embargo, aquello ya era el hogar. Tras dos años de servicios no podían aspirar a nada más. No en el cénit de la guerra.
—Y una mierda. Algo se cuece. Francia a caído. El norte de Europa se rinde, está en retirada. El vigía me lo dijo —Otra calada a la vista de los nazis nerviosos. Sacaban armas, preparaban autos. A lo lejos se veía el cielo con nubes grises. Hel arrugó el rostro.
—Por favor, Hel... ¿cuántas veces le has...?

Un estruendo. La explosión destrozó las casetas de enfrente, los barracones de los inadaptados. Las literas quedaron en escombros sobre los presos. Hel había quedado sepultado en el barracón de judíos, pero él no debía estar allí.

[...]

—¿Este quién coño es? —Una voz rasgada hablaba. Abrió los ojos. Todo le dolía. La boca le sabía a sangre. Un rubio condecorado le dio una bofetada. Sentía el frío atravesar susropas. Luego se percató de que tenía todo rasgado.
—¿Qué más dará? Si estaba en el barracon judío es judío y si no, uno menos —Este soldado golpeó lgieramente el cuerpo de Hel. Estaba entumecido. Quiso hablar, pero solo balbuceaba. "Soy... político..." No le entendían. Tenía la cara hinchada.
—Mételo en el tren. Esos jodidos americanos han matado a más presos que este campo de concentración en toda su trayectoria —Blasfemó en un alemán del sur—. Malditos yankies.
—¡Subidlo al tren de carga!

Hel vio como todo eran ruinas mientras le transportaban. No quedaba nada salvo polvo. Le dejaron caer en el suelo del tren como si fuera estiercol. Voces de llantos y lamentos. Lo úinco que pudo acallarlos fue el traqueteo constante del tren. Hel pudo sentarse a duras penas, pero no podía andar. Pestañear le dolía. Tenía posiblemente el cuello roto, no podía girar bien la cabeza. Miró al horizonte buscando a Lucas.

Entonces el tren se paró. Hel miró a todas partes. ¿Ya habían llegado? Imposible, como mucho habría atravesado los límites del campo de trabajo. Fuera no había voces, solo silencio. Hel se sintió incómodo, no supo por qué. Más qué cuando los soldados le miraban entre sonrisas y cuchicheaban entre ellos. Una luz roja apareció de repente, atravesó los ventanales del tren de carga. Hel sintió que se le paralizaba el cuerpo. Un miedo atroz le atravesó la espina dorsal. Todo se le herizó. La luz roja entraba en el tren, a su paso cada preso agonizaba. Luego, moría. Hel quiso gritar, pero no pudo. La luz siguió masacrando judíos. Seguidamente, la muerte a sus pies. Cuando el rojo le cubrió por completo rezó sus plegarias. Su Polonia querida, su mujer, su pequeña Anke. El maldito gobierno que vendió su alma. Él en medio de asuntos demasiado turbios. El chivo expiatorio de turno. Su cobardía. "Pudiste huir", pensó Hel.

Pero no murió. La luz se marchó por donde vino. De hecho, Hel se sentía curado, sus piernas se movían alegres. Se incorporó, la pila de cadáveres exprimidos como fruta se amontonaban en el suelo. Esquivándolos se dirigió a la puerta del vagón. La abrió. Dos soldados con trajes de astronautas manejaban una gran máquina de focos. Llevaban la bandera rusa en sus dorsales.

—Matadle —El nazi sonrió. En su rostro vio algo inhumano. Como si llevara una máscara de piel.

febrero 01, 2020

As de Espadas


—Me voy —dijo su padre. Él todavía no se había percatado de que estaba debajo de la mesa del comedor. Pero pronto miró hacia su dirección. Alex había movido ligeramente el mantel y eso le había delatado. Su padre fijó sus ojos en él y volvió a Mariana, su madre.

—Haz lo que te plazca —Mariana tomó una calada de su cigarrillo, estaba sentada con las piernas y brazos cruzados. Su mano tembló cuando se alejó de sus labios. Tenía arrugas en el rostro—. Pero me jode que no tengas las santas pelotas de poner la valentía suficiente en esta relación.

—No es precisamente lo que me esperaba y no quiero seguir pataleando a un muerto —Héctor miró a la puerta. Se acarició el mentón con una barba de tres días. Agachó la cabeza y se volvió a Mariana. Alex comenzaba a tener los ojos aguados, se aferraba a la pata de la mesa—. Es lo mejor para todos, así que no pongas más difícil la despedida. Tendrás noticias mías pronto.

—¡Es muy fácil para ti! ¡No eres tú el que se queda en esta casa! —Se levantó de la silla y la tiró al suelo. Dio otra calada. Se colocó un mechón suelto tras la oreja y viró un poco su mirada hacia el pasillo a su espalda. No tuvo agallas de mirar. Alex solo recordaba la noche que casi no despierta, cuando un señor de negro le llevó caminando por el pasillo—. Tú nunca arriesgas nada, por eso no pierdes.

Sonrió. Una sonrisa sardónica. Alex grabó aquel semblante en su memoria por el resto de sus días. En el marco del pasillo, una oscuridad familiar penetró en el salón.


—¿Qué… qué haces Héctor? —continuó Mariana, dio un paso hacia atrás, pero era demasiado tarde. El cigarro cayó al suelo.

Héctor acababa de rajarle el cuello a su madre. Alex comenzó a llorar, pero cerró su boca con las dos manos cuando vio los ojos rojos de su padre. En la sombra que se proyectaba en la pared unos cuernos de toro aparecían. Pero no estaban en su cabeza. Las lágrimas mojaron sus manos, al igual que la sangre decoró la moqueta verde. La mesa del salón se había roto bajo Mariana.

—Lo siento Mariana, pero si uno sale por esa puerta, el otro no puede vivir. Simplemente no puede —Héctor se agarró la sien. Se la apretó con fuerza. Mariana, en el suelo, respiraba con dificultad. Sus labios expulsaban sangre—. Él no nos deja.

Mariana intentó hablar, pero solo se ahogaba en su propio líquido bermejo. Su padre se fue, cogió la maleta que estaba junto a la puerta y la cerró. Alex pudo vislumbrar como, tras él, una sombra profunda le seguía, agarrado a su espalda como una pulga. Ya no tenía lágrimas, permaneció simplemente abrazado a la pata de la mesa de café. Los sofás negros de sus laterales comenzaron a derretirse. La imagen de su madre entre ríos rojos también se derretía.

—Tres, dos, uno… —chasqueó los dedos—. ¿Estás conmigo de nuevo, Alex?

—Sí. Sí, estoy aquí —estaba tumbado en un cheslón. Abrió los ojos y vio la luz de la tarde asomar entre las cortinas. La vivencia de aquel pasado se desdibujó hasta parecer un sueño.

—¿Quién era el que mataba a Mariana esta vez, Alex?

—Mi padre —dijo él. El psicólogo suspiró profundamente con exasperación. Anotó algo en su libreta.

—¿Quiénes habían en la habitación? — Miró a su paciente, estaba conmocionado, pero seco. Su corazón estaba seco.

—Mi mama Mariana, mi padre, Héctor, yo y… una sombra. Se colocaba tras la figura de mi padre —Alex se aferraba a la manta que lo cubría. El psicólogo volvió a anotar algo, se apretó la sien.

—Muy bien, Alex. Seguiremos la semana que viene.

Alex se levantó lentamente y marchó por la puerta. Su mirada estaba tan fría que podría haber estado muerto en ese mismo instante. Volvió a mirar su libreta, ya llevaban seis meses. Y nada. La lanzó al cheslón y sacó su whisky escocés del armario. Se lanzó en su sillón de oficina y descolgó el teléfono.

—Laura, ¿tengo alguien más? —bebió un trago. Estaba fuerte.

—Nadie hasta las doce y media —contestó una voz meliflua.

—Entra entonces, vamos a organizar unos archivos.

El psicólogo levantó sus pies y los puso sobre la mesa. El caso de Alex era complicado, pero interesante. El asesinato de su madre había creado una ruptura en su cerebro. Tan solo siete años, pobre niño. Laura entró rápidamente a la consulta, dobló la manta de los pacientes tranquilamente.

—¿Qué tal Alex? ¿Empieza a recordar algo? —Laura fue llamada por el dedo del psicólogo. Servicial se colocó a su lado. Asintió con una sonrisa.

—Sigue creyendo que fue su padre… no avanzamos. No tenemos nada —El psicólogo se bebió la copa de whisky de un trago. El alcohol se arrugó el rostro. Abrió los ojos y sacudió la cabeza.

—¿Se pueden bloquear recuerdos de esa manera? —La secretaria le besó en la frente y comenzó a desabrocharse la camisa. No había lujuria en sus ojos, solo un formalismo pasional.

—Claro que sí, el problema es que Alex tenía siete años cuando su madre murió asesinada. No me explico cómo su mente ha hecho eso, como ha incluido a un muerto en sus vivencias —besó los pechos de la secretaria. Eran firmes, suaves. Se hundió en sus labios. Ella lo apartó y lo miró de frente.

—¿Cómo no puede acordarse de que su padre murió cuando tenía tres años?